Friday, November 2, 2007

Sebastián Acevedo

Sebastián Acevedo Becerra
Minero chileno

El 9 de noviembre de 1983 se registra la detención de Galo y María Candelaria Acevedo Saez, hijos de Sebastián ACEVEDO BECERRA, por civiles armados que no se identificaron. Su padre desesperado los busca en diferentes recintos y solicita ayuda en numerosas partes, sospechando que se encuentran en poder de la CNI.

El 11 de noviembre de 1983, al no tener noticias de ellos, en señal de protesta y para presionar a las autoridades, rocía parafina y bencina en sus ropas en la Plaza de la ciudad de Concepción, y debido a que un Carabinero intenta detenerlo, se prende fuego, muriendo a las pocas horas a consecuencia de la quemaduras que sufre.

La Comisión estima que si bien Sebastián Acevedo murió a consecuencias de hechos provocados por su propia mano, y no cabe en rigor calificar su muerte de una violación de derechos humanos, es víctima de la violencia política, porque tomó la determinación que le costó la vida en un gesto extremo por salvar a sus hijos de consecuencias inciertas, pero que bien se podía temer fueran muy graves, o como modo desesperado de protestar por la situación que lo afligía como padre.
http://www.memoriaviva.com/Ejecutados/Ejecutados%20A/acevedo_becerra.htm
http://www.youtube.com/watch?v=xTl-iNQkrmk

21 años: http://www.tribunadelbiobio.cl/one_news.asp?IDNews=125&NewsEditions=6

Sebastián Acevedo
Gonzalo Rojas

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
de la catedral frente a la tropa sin
pestañear, sin llorar, encendido y
estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo
veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo
por nosotros con decisión de varón, estricto
y justiciero, pino y
adobe, alumbrando el vuelo
de los desaparecidos a todo lo
aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa
arder hasta enrojecer las cuatro puntas
de la plaza, sólo a los tilos por
su ánima veo llorar un
nitrógeno áspero pidiendo a gritos al
cielo el rehallazgo de un toqui
que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar
al muerto: curandero
de nuestras heridas desde Arauco
a hoy, casi inmóvil en
su letargo ronco y
sagrado como el rehue, acarrear
las mutilaciones del remolino
de arena y sangre con cadáveres al
fondo, vaticinar
la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o
no con aguarrás o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero, líjenla
con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla
por todas las pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.

http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=0&Ref=6380&video=1



Un viernes, a las tres

Un día viernes, lo recuerdo bien. El 11 de noviembre de 1983. Desde las tres de la tarde estoy en el departamento de radio del Arzobispado, preparando la grabación del programa del domingo. Y me dicen: “Esta mañana lo andaba buscando un señor que tiene detenidos a sus dos hijos, y que quería hablar con usted”. ¿Cómo se llama? “No dejó su nombre, pero dijo que volvería”.

No han pasado aún quince minutos, cuando alguien sube corriendo las escaleras del edificio gritando: “¡Hay un hombre abajo que quiere quemarse vivo!” No sé cómo, corro bajando los tres pisos. Al llegar a la puerta, el portero me dice: “Acaba de salir hacia la plaza con un bidón de bencina. Sólo dejó su chaqueta”. Sigo corriendo lo más que puedo por esos cincuenta metros que me separan de la plaza, en la esquina de Barros Arana y Caupolicán, y, al asomarme, miro hacia la catedral y veo que un hombre convertido en una hoguera humana inicia una danza macabra que lentamente lo va desplazando por las gradas, lo conduce a través de la calle Caupolicán hacia la plaza y finalmente lo desploma entre dos tilos, convertido en un solo fuego que nos cuesta apagar entre los que nos hemos acercado con extintores y mantas.

Entre gritos de horror, va produciéndose poco a poco un profundo silencio. Me encuentro de rodillas junto a un cuerpo humeante, un carbón humano, que con su mirada fija intenta darme alguna explicación de lo ocurrido. ¿Qué le ha pasado, por qué ha hecho esto?, le pregunto. “Que la CNI me devuelva a mis hijos. Que la CNI me devuelva a mis hijos. Que la CNI me devuelva a mis hijos”, me dice como una letanía. Mientras otra gente se moviliza para procurar una ambulancia, lo invito a rezar diciendo: Padre Nuestro … A lo que él me acompaña con sus débiles fuerzas. Le doy la absolución sacramental, y él reacciona orando a Dios de esta manera: “Padre, perdónalos a ellos, a los de la CNI, y perdóname también a mí por este sacrificio”.

Minutos después que Carabineros lo retira del lugar y lo conduce al hospital regional, ante la demora de la ambulancia solicitada con urgencia, me dirijo a la portería del Arzobispado para hacerme cargo de su chaqueta. Descubro de inmediato sus documentos. Y leo en su carné de identidad: Sebastián Acevedo Becerra, 52 años, obrero. Efectivamente, Sebastián tiene dos hijos detenidos por la CNI, María Candelaria y Galo Fernando.

Sebastián llega al hospital regional de Concepción como a las tres y media de la tarde. Algunos testigos privilegiados de las horas que siguen, el médico Juan Zuchel y el sacerdote Raúl Cohen, cuentan detalles de esos momentos. ¿Qué les dice Sebastián? Que él no ha querido quemarse, ni menos matarse. Sólo ha querido hacer un gesto de presión para que se le dijera dónde estaban sus hijos y en qué condiciones los tenían. Se había propuesto darle un plazo a la Intendencia, hasta el día siguiente a las seis de la tarde, para que se le diera alguna información segura, permitiéndole visitar a sus hijos. Dice: “Si mis hijos son culpables, que lo demuestren en un juicio justo; si no, que me los entreguen”.

Con esta disposición se ha plantado aquel viernes, a las tres de la tarde, frente a la inmensa cruz que, ante las puertas de la catedral, había sido levantada como signo de reconciliación. Sin embargo, una patrulla de carabineros que se acerca al lugar, conmina a Sebastián a que salga de allí. Les dice Sebastián: “Miren, no se atrevan a cruzar hasta aquí, porque si lo hacen, me enciendo”. Y exhibe en su mano derecha un encendedor que acerca amenazante a su cuerpo ya empapado con bencina y parafina. Y explica Sebastián: “El oficial no me creyó. Parece que a los uniformados les cuesta creer en la palabra de los civiles. No me creyó. Avanzó hacia mí y yo me encendí”.

En medio de esas horas de angustia, aparece en el hospital su hija María Candelaria. La CNI la ha dejado en libertad, pero sólo por unos días, porque volverá a detenerla. Le dicen a Sebastián que está su hija y que le permiten hablar con ella por citófono. “No lo creo. Quiero verla”, exige Sebastián. Entre todos convencemos a la hija que no lo haga, que evite un impacto emocional tan tremendo. Finalmente hablan por citófono. “María ¿eres tú?” Sí, papá, soy yo. “¿Cómo sé yo que eres tú y que no me están engañando?” Papá, si soy yo. “Te voy a poner una prueba. ¿Cómo te decía yo cuando eras chica?” Mi sargento Candelaria, papá. “Entonces eres tú, eres mi hija”. Sigue una conversación muy hermosa. Sebastián le pide perdón a su hija por lo que ha hecho, y le pide que lo entienda. Le da consejos muy hermosos acerca del cuidado de su hijo, el nieto tan querido.

Ese día, esa noche, nos quedamos todos en vigilia. En agonía. A la espera de lo inminente. La vida de Sebastián no cruzará de la noche al día. Fallece un cuarto para las doce de esa misma noche y ha permanecido lúcido hasta poco antes de morir. Minutos antes de aquel sábado, todo está consumado. Me encuentro con Raúl, el sacerdote capellán del hospital. Me abraza conmovido y me dice: “Era como ver morir a Cristo”. Sí, le digo, y en un viernes, a las tres.


Por Enrique Moreno Laval, SSCC

3 comments:

Anonymous said...

Perdón por la ingnorancia, pero que fue de sus hijos y su lucha? Aparecieron con vida? Se investigó/a?

Guanaco said...

Sobre el hijo no se. Una nota dice que lo liberaron y otra que lo habían matado en la mañana del 11 de noviembre. No se en que quedó. A la hija la dejaron salir y alcanzó a hablar con Sebastián antes de que este muriera.

Hay un artículo del 11 de noviembre del 2004 donde se reporta que se recordó los 21 años de la inmolación y que la hija dijo unas palabras en memoria de su padre, pero no se menciona al hijo.

Parece que su lucha continuó, al poco tiempo el padre José Aldunate fundo el Movimiento Contra la Tortura "Sebastián Acevedo".

iamcriis said...

que buen articulo,abrazos :)